Phuket, Tailandia. Desde que estalló la pandemia, la vida es más fácil para los gitanos de los mares de Phuket dado que la pesca 'se ha vuelto abundante y los proyectos inmobiliarios se han detenido' al darle una tregua a la tribu, amenazada por el turismo de masas de Tailandia.

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En las aguas turquesas del mar de Andamán, Sanan Changnman va en busca de peces y mariscos, equipado con una lanza y con un delgado tubo enganchado a su máscara de buceo para poder respirar. Al final, arponea tres meros y sube a la superficie.

Foto: AFP

La pesca, principal fuente de ingresos de la comunidad, es mejor desde que los barcos atestados de turistas están amarrados en los muelles de esta isla del sur de Tailandia, cerrada -como el resto del país- a los visitantes extranjeros desde hace ocho meses.

'Descendemos a menor profundidad, es menos peligroso', explica a la AFP el pescador, de 42 años, que practica buceo con narguilé, una técnica rudimentaria y muy riesgosa, sin bombonas de oxígeno.

Sus ancestros, antiguos nómadas llegados desde Indonesia hace casi 300 años, se apropiaron de una lengua de tierra en Rawai, una playa de la costa meridional de la isla, mucho antes de que esta última se convirtiera en uno de los destinos turísticos más populares del país, con más de 9 millones de visitantes en 2019.

Una afluencia que tuvo un fuerte impacto en el día a día de los "Chao Lay" (el pueblo del mar), que tuvo que soportar una menor concentración de peces, que su espacio de pesca se fuera reduciendo poco a poco y que sus tierras ancestrales fueran objeto del frenesí de la construcción.

Respiramos un poco

Hoy, 'respiramos un poco', comenta Alim, tío de Sanan.

Las autoridades están menos pendientes de si la comunidad navega por reservas marítimas protegidas o cerca de islotes que, en general, están reservados para los turistas.

'Antes nos daba miedo que una patrulla nos detuviera o que nos confiscaran nuestros barcos. Así que regresábamos a la superficie demasiado rápido, sin respetar las escalas de descompresión. Era peligroso, ha habido lesionados, incluso muertos', explica Alim.

Sin olvidar las tensiones con los turistas, que a veces saboteaban sus nasas.

Desde hace años, los promotores inmobiliarios miran de reojo sus tierras, una franja de varios centenares de metros frente al mar, para construir allí un complejo hotelero. En esa área viven unos mil 200 Chao Lay, que están amenazados de expulsión ante los tribunales.

Pero, con el coronavirus, la economía de la isla se ha paralizado y decenas de miles de personas se marcharon, ante la falta de trabajo, a su provincia natal, dejando las obras en suspenso.

"Esperamos que todo eso sea abandonado", dice Ngim Damrongkaset, de 75 años, representante de la comunidad de Rawai.

'Quieren echarnos de nuestras casas y además vetarnos el acceso al mar', agrega.

Sin embargo, es en la playa donde la tribu animista tiene amarradas sus coloridas embarcaciones de madera, y donde reza y da gracias a sus ancestros.

Combate desigual

El combate con los promotores inmobiliarios es desigual: muchos Chao Lay son analfabetos y no sabían que podían registrar la tierra a su nombre. Hay muchas familias que no tienen ningún título de propiedad.

Foto: AFP

El gobierno intenta ayudarles a probar que estaban allí antes que los inversores. Ordenó analizar viejas fotografías aéreas y huesos de sus ancestros, que fueron enterrados en la playa para que, según una tradición Chao Lay, continúen escuchando el ruido de las olas.

Pero todavía hay muchos procesos en curso.

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Las autoridades deben aprovechar la oportunidad de la pandemia para cambiar su visión de esta minoría, considera Narumon Arunotai, antropóloga de la Universidad Chulalongkorn de Bangkok. Una opción es que compren la tierra y se la cedan a la tribu definitivamente.

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Recientemente, el gobierno cedió un pedazo de manglar a comunidades Chao Lay vecinas para que pudieran vivir y pescar allí temporalmente, un primer paso, pero insuficiente en vista de la estrechez del territorio. Además, se comprometió a preservar sus tradiciones, orales. Una promesa vana, de momento.

En Ruwai no faltan los problemas, entre el alcohol, las enfermedades y la pérdida de puntos de referencia que padecen muchos.

Necesitan "una educación a medida que preserve su cultura y les permita pescar más libremente", señala Narumon Arunotai. "Tenemos tanto que aprender de ellos", agrega.

Los gitanos de los mares son un pueblo a parte.

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Los niños Moken, una de las tres ramas de los Chao Lay, tienen una agudeza visual en el agua un 50 por ciento superior a la de los niños europeos, según un estudio de una universidad sueca de 2003.

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Y su perfecto conocimiento de la naturaleza facilitó que muchos de ellos detectaran señales premonitorias del tsunami de 2004. La mayoría lograron escapar y ayudaron a muchos turistas a huir.

'Seremos por siempre los hijos del mar', dice sonriendo Alim. 

(FUENTE: AFP)

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