Con sus pies descalzos en una playa israelí, Hamama Jarban, ataviada con su combinación de surf y gorra, sopla con fuerza su silbato y observa a sus alumnos correr hacia el agua con sus coloridas tablas de surf.

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La escuela de surf de esta árabe-israelí de 41 años es un maná bienvenido en Jisr al-Zarqa, el único pueblo árabe de la costa israelí, cuyos ingresos con la pesca no paran de marchitar debido a las restricciones ligadas a la protección del medioambiente.

Imagen ilustrativa. Foto: Pixabay

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Tras haber mostrado a sus alumnos, desde la orilla, cómo tumbarse sobre la plancha, Hamama Jarban los sigue dentro del agua y aplaude con entusiasmo sus esfuerzos para ponerse de pie.

Soy una persona de mar. Mi padre nos lanzaba al agua cuando éramos pequeños y nos decía que nadásemos

También aprendió a pescar con su padre y su abuelo, antes de estudiar en el Instituto Wingate, considerado como el mejor centro de formación deportiva en Israel, donde obtuvo sus diplomas de instructora de surf y de natación, así como de socorrista.

Foto: AFP

Este sábado soleado, sus jóvenes pupilos llevan camisetas con el lema Surfing 4 Peace (Surfear por la paz) del club  en la espalda, mientras un grupo de israelíes pasea a caballo por la playa.

Con su hermano Mohammed, enseña principalmente surf a niños y jóvenes árabes israelíes del pueblo y de la región, y ocasionalmente a surfistas judíos.

También enseña a navegar a dos chicas jóvenes de una familia judía ortodoxa que han venido expresamente desde Jerusalén.

Una duna entre dos mundos

Los árabes israelíes, descendientes de los palestinos que se quedaron en sus tierras cuando se creó el estado de Israel, en 1948, constituyen alrededor de un 20 por ciento de la población israelí. 

Estiman que son regularmente víctimas de discriminación social y denuncian la legislación que afirma el carácter judío de Israel.

Con sus calles estrechas y llenas de gente, Jisr al-Zarqa, uno de los pueblos árabes más pobres de Israel, está en las antípodas de Cesarea, ciudad israelí de alto nivel económico, situada justo al lado, conocida por sus ruinas antiguas.

Para separar las dos localidades, un muro de tierra, de cinco metros de alto, fue erigido en 2002, para, según los habitantes de Cesarea, atenuar el sonido de los llamados al rezo en las mezquitas de Jisr al-Zarq y de las fiestas del pueblo.

La duna, que se extiende sobre 1.5 kilómetros, tiene flores y árboles plantados por los habitantes de Cesarea.

Del otro lado, en Jisr al-Zarqa, las barcas de pescadores siguen ancladas en el puerto, debido a una disputa sobre los derechos de pesca con las autoridades israelíes. 

La agencia israelí para la protección de la naturaleza calificó en 2010 la zona como sector protegido, limitando la pesca así como las construcciones frente a la costa. Los habitantes de Jisr al-Zarqa dicen que se les había prometido inversiones a cambio, promesas que, afirman, fueron incumplidas.

(FUENTE: © Agence France-Presse)

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