Herman Schobert y su familia disfrutaron a plenitud un viaje de pesca deportiva que, de la ilusión, se pasó a la emoción. Y así se vivió a bordo.

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Cuando él -un reconocido pescador deportivo mazatleco-, su esposa Karla Georgina y su hija Chanty emprendieron navegación mar adentro, su objetivo se centró en consumar una buena pesca, pero -una vez en el lecho marino-, su pique fue otro: ¡liberar una tortuga enredada y toparse con centenas de delfines simpáticos!

Herman Schobert, en plena preparación de sus aparejos. Foto: Raúl Brito

Y aunque -al final- no hubo ninguna cosecha, poco importó por tan agradables momentos que, a 30 millas náuticas, experimentó la familia y su fiel e inseparable equipo, el capitán Daniel 'Pito' Teno y el marinero Carlos.

¡Travesía y placer!

Desde el crepúsculo -cuando en el horizonte apareció la primera luz del día y ya La Chanty emprendía navegación mar adentro-, los Schobert fueron el centro de atención de una jornada que inició con ilusión y terminó con emoción.

Para la aventura, cuya salida se dio puntualmente a las seis de la mañana desde Marina Fonatur, a un costado de la mundialista Marina Mazatlán, todo un equipo y una logística se preparó, y no era para menos.

El capitán Daniel 'Pito' Teno, atento al control y a cualquier pique.

El clima fue benévolo. La mañana -antes que brotaran los primeros rayos del sol-, algo fresca. ¿El yate?, ¡inmejorable!

Herman y su esposa Karla Georgina Conrique fueron anfitriones de un viaje que resultó mágico 30 millas náuticas mar adentro.

Por supuesto, su hija Chanty, de 17 años, no podía faltar, y hasta un buen amigo le acompañó: ¡Mancuerna perfecta!

La familia Schobert e invitados.

El objetivo se centró en una gran pesca: un buen picudo, o una buena tuna. O un excelso dorado.

Arriba, en el puente de mando, el joven Daniel Guadalupe 'Pito' Teno asumió los controles. A su lado, siempre con él, solícito, activo, su marinero, el también joven Carlos.

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Esa mañana, el matrimonio lució impecable: con respectivos jerseys oficiales de Big Fish, la marca de los torneos de pesca deportiva en Sinaloa.

Fotos: Raúl Brito

Carlos había dispuesto estirar las líneas, siete en total, cuatro en derredor, tres arriba. Curricanes y carnadas muertas habían sido colocadas en ellos. ¡Faltaba el pique!

'¡Vamos a las boyas!', exclamó Herman, el jefe de la familia. Y La Chanty -un chico, pero confortable yate adquirido en California en 1998- partió en dos el oleaje.

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Arreció el sol, y la emoción subió de tono cuando un primer aviso alertó a pescadores e invitados. Rechinó el carrete -señal de un posible pique-, pero el pez solo 'besó' el curricán. No se dejó enganchar.

Atrás quedó la zona hotelera, la bahía, la rica costa. ¿El clima? Estaba ya en su punto. Y el bote siguió de frente.

El marinero Carlos.

Algo inesperado asomó en el lecho marino. ¡Eran delfines! El júbilo prendió a todos. Y es que -se sabe- cuando hay delfines, hay atunes en derredor.

¿Cuántos eran? Cantidad incalculable. ¿500?, ¿mil?, ¿2 mil? Hasta más de 3 mil se calcularon

Un espectáculo vibrante, emotivo. Y hasta genial resultó la inusual interacción con estos simpáticos mamíferos que saltaron, hicieron piruetas, juguetearon sin frenesí,

No hubo pique, no hubo pesca, pero, al final, la aventura con estos animalitos compensó cualquier carencia en un día inolvidable y fantástico.

La navegación es un mar de sucesos impredecibles y emocionantes -como éste-, y el avistamiento quedó grabado con oportunidad y magia.

Los pescadores se disponen a liberar la tortuga enredada.
Avistamiento de delfines.
Herman Schobert, atento a cualquier pique.

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