Un día de pesca deportiva se convirtió -sin esperarlo- en una indescriptible travesía de bello avistamiento de delfines en el Pacífico mazatleco.

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'¡Son delfines, son delfines!', exclamó Chanty, una chica de 17 años, enamorada de los peces y el mar, apenas avistó la primera mancha de los simpáticos mamíferos marinos desde el yate en el que viajaba a bordo al lado de sus padres, Herman Schobert y Karla Georgina.

Foto: Raúl Brito

Los ojos chillantes de la menor dibujaron en su rostro una emoción cuando, desde el horizonte, alcanzó a ver el aleteo sistemático de aquellos juguetones animales que brincaron, hicieron piruetas y hasta 'saludaron' a la tripulación.

¿Cuántos eran? Decenas, centenas, nadie supo, pero la aparición de estos mamíferos alegró más la -de por sí agradable- jornada de pesca que había iniciado dos horas antes desde la marina Fonatur Mazatlán.

La familia Schobert zarpó en busca de verdaderos 'trofeos', aunque -al final- lo que pescó fue una aventura igualmente gratificante: el hallazgo de delfines.

El masivo avistamiento despertó más adrenalina y expectación a bordo: '¡Vamos por los atunes!', voceó el capitán, a bote pronto. Y es que, normalmente cuando hay delfines, hay atunes en derredor. ¡Ahí estaba el pique!'

'¡Qué bonitos, qué lindos delfines!'

No hubo, al final, ningún pique, pero este suceso dejó a la vista cuán maravilloso (y generoso) es el mundo marino a los ojos de los humanos.

Los Schobert -e invitados- pescaron aventura, pasión y ¡un santuario de delfines que nunca dejaron de brincar y juguetear!

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Herman Schobert, a bordo de La Chanty.

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